
La cautela en exceso puede pasar de virtud a pecado cuando por tanto pensar se pierde tiempo y buenas oportunidades.
Tiempo al tiempo
Quien dijo por primera vez que el tiempo es oro, seguramente no imaginó la relevancia progresiva que cobraría su acotación. Especialmente en el ámbito de los negocios, donde siempre se interpretó esta frase como la necesidad de estar permanentemente haciendo cosas. En algún momento del siglo pasado comenzó a ser mal visto que un ejecutivo tuviera tiempo "sobrante" para pensar, y aún hoy persiste, en muchas compañías, la regla implícita: trabajar es estar físicamente activo. Pero muchas veces tanta actividad impide tomarse los necesarios minutos para pensar acerca de un tema y tomar decisiones. Tal vez antes no era particularmente peligroso para una empresa dejar pasar semanas e incluso meses, antes de decidir sobre un tema relacionado al futuro de la compañía. El actual escenario de negocios no permite demoras ni cautelas excesivas, dándole un nuevo sentido a la relación entre el tiempo y el oro: son las decisiones las que deben caracterizarse por su inmediatez.
La cautela es una virtud, pero en exceso puede convertirse en pecado. Muchos ejecutivos prolongan al máximo la toma de decisiones para asegurarse que acumulan una cantidad tremenda de "posibles fallas" en vez de "posibles realidades". Se centran tanto en esta "lógica", que terminan por volverse escépticos de su mismo proyecto, olvidando que es imposible controlar todas las variables. También olvidan que tienen las mismas probabilidades de fracasar como de triunfar, dependiendo muchas veces y en gran medida, de con cuanta rapidez tomen decisiones.
Ejecutando las decisiones
Ahora bien, una vez tomada la decisión, es vital permanecer firme en su idea, apegarse a ella, lo que no significa encapricharse con la misma. Es bueno escuchar diferentes opiniones, sean estas a favor o en contra, pues el intercambio permite expresar los propios puntos de vista y reafirmar los argumentos que llevaron a decidirse por la opción "A" en lugar de la "B". Al mismo tiempo, al conocer la opinión de los demás, se hace evidente quienes apoyan y quienes no la decisión adoptada. Esto facilita la continuidad de las decisiones rápidas: saber con quienes trabajar en ese proyecto, a quienes pedirle ayuda, y a quienes es mejor mantener al margen.
Mantenerse fiel a una decisión no vale de nada si no se comienza, con igual prontitud, a ejecutar todas las acciones que permitirán que la idea en cuestión se implemente. Siempre puede hacerse algo por aquella idea: contratar una persona, escribir una carta, hablar por teléfono, comprar, vender, promover, organizar reuniones, documentarse en profundidad sobre un tema específico, etc.
Al cobrar conciencia de la gran diferencia que puede significar la inmediatez, y de la cantidad de decisiones a las que, sin darse cuenta, se ve enfrentado cada día, seguramente las suyas comenzarán a agilizarse.